Las imágenes como representaciones del mundo

Texto: Héctor Montes de Oca



Ante una imagen, que puede mantener en mayor o menor grado alguna analogía con la forma de percibir el mundo, el sujeto actúa de modo similar. Recorre, reconoce -atribuye significados parciales-, infiere en cascada y logra si logra- un significado global. En sentido estricto, frente a la imagen no logra mas significados que los que lograría ante la escena original. No hay así, un simple mirar frente a una imagen, porque no hay un simple mirar frente a la realidad.

Aunque solo vemos un conjunto de formas y colores, creemos ver una serie o conjunto de objetos en un espacio. Objetos y espacio que a partir de reconocerlos atribuimos características, funciones, orígenes y también valores de todo tipo, incluso emotivos.

Ahora bien, la imagen no es el mundo, es ante todo OTRA COSA. Nadie confunde una imagen, por hiperrealista que sea con lo real. Entre otras muchas cosas, por la mas obvia, que tiene dos dimensiones, es solo una superficie y como tal es percibida. Ya no hay pues, verdadera profundidad o tridimension, solo apariencia de esta.

En este punto podrá argumentarse que la explicación peca de simplismo, ya que deja de lado los problemas de comunicación, los supuestos códigos de la imagen etc. Pero esta es precisamente la intención, buscar puntos de vista primarios, que permitan comprender mas básicamente el fenómeno. Podemos decir que estamos frente a un plano o superficie y sobre (sobre, encima, es ya una resolución perceptiva) se encuentra una distribución arbitraria de densidades. En realidad solo hay eso, diferencias de reflectancias que de acuerdo a como estén organizadas, calificamos de manchas o líneas.

Pero y aquí aparece ya el primer problema y por razones que explicaremos mas adelante, para la percepción no hay solo manchas o líneas, estas siempre tenderán a conformarse como objetos, o partes de objetos.

Así, la imagen se comporta frente al aparato perceptivo como un peculiar símil reducido de una situación tridimensional. En sentido estricto, en toda percepción visual lo que llega al ojo solo son variaciones de iluminación. Que esas variaciones de iluminación tengan un origen tridimensional o bidimensional solo es una cuestión de grado o rango de luminosidades. Para el ojo fijo no hay nada más.

Si la luz que llega a una escena es pareja –(no tiene variaciones) la luz que ingresa al ojo, variara en relación a las diferencias de absorción y de reflectancia provocadas por los objetos que ocupan la escena. En verdad, lo que llega al ojo no es ni una escena ni objetos, son solo las perturbaciones que estos provocan en un campo lumínico dado. En el mundo la relación entre las zonas iluminadas y las más oscuras es de 1 a 1000, si excluimos la fuente el sol mismo. En una superficie, esa variación se reduce a 1/45. Es decir las partes mas claras son solo 45 veces mas claras que las obscuras, o viceversa.

La variación entre estas dos situaciones, frente al mundo real y frente a una imagen, es en este aspecto solo de grado. Podríamos decir que la imagen comparada con la realidad es como una clave temperada de esta. Quizás convendría aclara aquí que si no nos resultan tan evidentes estas diferencias se debe a que el aparto perceptivo tiende a compensarlas, manteniéndolas dentro de un rango, de modo que las partes iluminadas del mundo, aparecen como menos luminosas y las partes en sombra se ven menos obscuras de lo que físicamente correspondería. La realidad aparece así, siempre como menos contrastada.

El problema de la tridimensionalidad es bastante mas complejo, ya que es en principio el resultado de varios mecanismos interconectados. Uno, la visión binocular, resultado de la distancia entre un ojo y otro distancia interpupilar lo que produce dos puntos de vista simultáneos sobre el mismo objeto. El otro, no solo totalmente desatendido, sino inexistente para la mayoría de los especialistas, es que para que la imagen aparezca siempre nítida en necesario acomodar la curvatura del cristalino para cada distancia en que la visión se pose. Este acomodamiento, es rapidisimo y no se puede hacer consciente apercibirlo solo quizás como un breve retardo, en situaciones especiales.

Tampoco que yo sepa se le ha localizado cerebralmente,- lo que no debería extrañarnos, es difícil encontrar donde se localiza una función cerebral que ademas se cree inexistente- pero tiene que existir de manera inevitable, porque la necesidad de que un lente se ajuste a una distancia dada para producir una imagen nítida es una necesariedad de tipo óptico. Si hay acomodamiento, hay control del mismo, y un lógico registro de estas diferencias. El que no se las pueda hacer conscientes no es razón para dudar de su existencia, ya que es una necesidad de tipo funcional.

Como no se ha incluido este mecanismo en el análisis del aspecto tridimensional de la visión, los teóricos entran en un atolladero, cuando constatan que un persona tuerta que por lo tanto no tiene visión binocular, si tiene conciencia de las distancias, aunque sin duda, algo más reducida. Tenemos también un tercer elemento, llamados generalmente indicadores de distancia son aquellos objetos que por su constancia de tamaño ( el cuerpo humano es el de uso más frecuente nos pueden dar indicación no solo de la distancia a que se encuentra sino también de el tamaño de otros elementos que aparecen en la escena.

Pero estos indicadores de distancia son comunes a ambas situaciones, imagen y realidad. Frente a una imagen los dos primeros mecanismos quedan bloqueados. El foco esta sobre el plano y las dos imágenes obtenidas no tienen entre sí variaciones. Por decirlo así, es la misma estructura que solo cambia de lugar. Pero si la escena es tridimensional, cada punto de vista, provoca un cambio, un corrimiento del objeto sobre el fondo y además un corrimiento sobre el propio objeto.

Pasar de un ojo al otro supone ver algo mas del objeto del lado que corresponde a ese ojo y menos del lado contrario. El fondo se comporta de igual manera. Si el cambio se hace intencional y rápido el objeto parece saltar de lugar sobre un fondo que también se desplaza, pero menos. Esta inactividad de ambos mecanismos, cuando se esta frente a una imagen, es normal, lógica, ópticamente explicable y sucede cada vez que exploramos una superficie mas o menos plana, como por ejemplo, cuando reparamos en su textura.

Pero las texturas ponen en evidencia la complejidad y las profundas interacciones que existen entre los diferentes mecanismos, además de jaquear bastante los intentos de análisis de estos, para comprenderlos de manera independiente. Cuando miramos una textura, las diferencias de profundidad son tan mínimas, que están por debajo de la posibilidad de enfoque de la parte óptica del ojo. Están por decirlo así, en el mismo plano óptico.

Solo hay diferencias de luminancias. Es a partir de estas diferencias de luminancias que el aparato perceptivo ya en su área cerebral reconstruye, seria mas correcto decir interpreta, estas diferencias luminicas como diferencias de profundidad. Así, el mar de cerca, son olas, de lejos, textura. No debemos olvidar que el mecanismo de enfoque -en realidad todo el aparato perceptivo visual- funciona en el rango en el que se ha desarrollado y al cual responde, el rango en el que es posible interactuar y desde el cual interpreta los fenómenos. Ya veremos mas adelante como esto resulta evidente y a que interpretaciones llega cuando lo percibido excede ese rango.

Al igual que en una lente, hay una zona mas allá de la cual, no es posible ópticamente, diferenciar la distancia. Esta aparece indicada en los lentes con el signo de infinito. Allí, solo opera ( cuando opera) la constancia de tamaño sobre objetos conocidos. Si ningún objeto reúne estas características de medida estable, no llegaremos a conclusión alguna. Esto es mas notable cuando abandonamos la visión horizontal y tratamos de establecer la magnitud de un cerro guiándonos por el tamaño de los arboles, no logramos definir si se trata de un árbol grande a 400 metros o uno mas chico a 300. Cuando la distancia es muy grande y ni la visión binocular ni el enfoque pueden darnos indicación de distancias, - aunque si sigue estando el dato cerebral de que el ojo esta en infinito, ya veremos que importancia tiene esto mas adelante -,solo quedan las diferencias de iluminación como modo de interpretar las distancias.

Así pues, es natural interpretar como diferencias de tridimension lo que son solo diferencias de iluminación, cuando los componentes arriba mencionados dejan de funcionar. La atribución de profundidad apoyándose en diferencias de iluminación es entonces un proceso normal de la percepción. Si iluminamos una textura con luz rasante esta aparecerá como mas profunda, si la luz es frontal esta disminuye, pudiendo incluso casi desaparecer. Y esto debido a que la respuesta de la textura no es mas que el cambio del ángulo de incidencia de la luz que cae sobre ella.

De igual modo si cruzamos con un avión una cadena montañosa a medio día, resultara mas plana y sus alturas menos evidentes que si cruzamos a ultima hora de la tarde o las primeras de la mañana, cuando el sol da directamente sobre los costados de las montañas, dejando en sombras el otro lado. Tendremos entonces la sensación de que las alturas son mayores. Desde el punto de vista luminico y por ende perceptivo las montañas y la textura se comportan de igual manera. Podríamos decir entonces que un mayor contraste luminico se traduce como una mayor diferencia de profundidad y altura. En sentido estricto, las sombras no son algo vinculado al objeto, sino que expresan la relación entre este y la posición de la fuente luminosa. Pero la constancia de la fuente que incide igual sobre todos los objetos hace que perceptivamente liguemos mas la sombra al objeto y a la información que traduce sobre este. Apareciendo ambas a la percepción como una unidad.

Pero si echamos revista a la historia de la representación veremos que la inclusión de las sombras apareció tardíamente. Respondiendo a un modo peculiar, histórico social, ideológico, de representación, el de las apariencias. El famoso chiarobscuro del Renacimiento. Pero son estos mecanismos, comunes de la percepción, los que permiten que frente a una distribución dispareja de diferentes luminancias sobre una superficie, necesitemos hacer un esfuerzo para interpretarlas como lo que son, manchas obscuras sobre una superficie.

La percepción se desliza casi inevitablemente a interpretarlas como diferencias de volumen, atribuyéndoles una tridimensionalidad que en verdad en este caso no poseen. En las texturas si las poseen, pero no son ópticamente detectables, se las reconstruye a partir de las variaciones luminicas. En la imagen fotográfica no existen las variaciones de profundidad pero si sus similares luminicas, por lo que el proceso de reconstrucción sigue siendo el mismo. En el primer caso se da de manera automática, simplemente sucede, incluso no tomamos conciencia de ello. En el segundo, es necesario una cierta actitud o disposición del sujeto, casi un estado que me siento tentado a llamar representacional.

Y esto, lo que seria una especulación teórica a desarrollar, porque en el primer caso están vinculados a la conciencia de cercanía y sus inevitables relaciones con el sentido del tacto, y en el segundo por la indicación de infinito. Cuando en una imagen lo que aparece no esta vinculado a ninguna de las dos extremos perceptivos, requiere de un entrar en código del espectador. Es esta actitud representacional, que se apoya en funcionamientos comunes del aparato perceptivo visual, por la cual unas manchas de humedad de una pared, son interpretadas como representaciones, con diferencias que se anulan o atemperan, de la visión de un objeto tridimensional. Así, encontrar en una mancha de humedad la cabeza de un anciano con barba, es pues un proceso que amplifica un poco mas allá, un mecanismo perceptivo normal.