Reflexiones sobre la Fotografía

Texto y fotografías: Héctor Montes de Oca



A toda realización de una imagen fotográfica podríamos dividirla en dos partes o procesos. Uno, el que la origina, la “toma”. El otro, el que permite su posterior observación, la copia o ampliación. Pero estos términos, aunque de uso corriente, sugieren algo que ocurre en los niveles más elementales de la fotografía. La ampliación, lo que muchos llamamos “el positivado”, no es sólo la transcripción lisa y llana de las densidades de un negativo. Es quizás, la parte fundamental de todo proceso fotográfico que tenga aspiraciones de superar el mero registro lumínico. Por eso, desde hace mucho, se ha considerado al trabajo de impresión fotográfica un verdadero arte. Como principio indudable, toda toma, por cuidada y perfecta que sea, podrá mejorarse en la fase del positivado y esto por las mismas características del proceso fotográfico. Por estricto que sea el fotógrafo, aún aquellos que se caracterizan por la fuerza con que imponen su mirada a la realidad, saben que están haciendo una compleja transcripción y que es imposible controlar “todo” en el momento de la toma. Podríamos decir que tienen plena conciencia que están pasando de un campo a otro; de aquello que, de manera general y vaga, llamamos “lo real” al campo, no menos impreciso, que denominamos “representación”. Y la representación tiene leyes, que si bien son derivadas de nuestra experiencia vital como especie, son sumamente diferentes de las que (supuestamente) imperan en lo real. La realidad, en ese sentido, nunca está ni encuadrada, ni bien o mal compuesta. Simplemente, está.





Podríamos decirlo de otra manera; el fotógrafo parte de la información luminica de una situación en “lo real” y la registra, algunos con la intención de transformar ese registro en una obra plástica, los buenos, lo logran. Un vaso “real” sirve para beber y quizás pueda cumplir muchas otras funciones, pero un vaso “en” fotografía sólo puede cumplir una, el ser visto o mirado. Y todo aquello que se produce sólo para ser visto o mirado tiene otras exigencias y otros requisitos. Es en respuesta a estas exigencias donde el positivado toma su verdadera dimensión y la falta de dominio en este campo es lo que le permite decir a los pintores que un fotógrafo “no ve”, cuando se limita sólo a una transcripción en “bruto” de la “información” existente en el negativo. Es decir, que un fotógrafo ve lo real y lo registra, pero su capacidad o sus conocimientos no son los suficientes para hacer una traducción válida en términos plásticos. Es frecuente en este tipo de fotógrafos cuando se les señala que algo en la imagen produce “ruido” (molesta, perturba o altera la composición o la significación) la respuesta suela ser: “bueno, pero eso estaba” demostrando con esto que quien “manda” en su trabajo es la realidad y no el propio fotógrafo. Partimos de un concepto básico: si bien es cierto que la fotografía tiene su innegable especificidad, no es menos cierto que ésta y la pintura tienen principios y leyes comunes.



El fotógrafo necesita entonces dominar esta parte del proceso; lo que en el sistema analógico llamamos “el laboratorio” si quiere que sus tomas alcancen niveles plásticos significativos. Ya sea que esta tarea quede en sus manos, o que la deje en manos de un especialista con el cual necesita tener, además, una relación de trabajo y entendimiento estético muy estrecho. Cartier-Bressón es, quizás el ejemplo más socorrido de este modo de trabajo. Generalizando, la necesidad del dominio técnico vale para todo arte. Pero tampoco olvidemos que la técnica sola es muda y la emoción sin técnica no pasa del grito. Por estas razones, durante muchos años, dominar el “laboratorio” fue necesario, pero hoy esta situación está cambiando. La era digital, supone un nuevo tipo de laboratorio. No necesitamos ya aquel segundo hogar del fotógrafo, el famoso “cuarto oscuro” del cual nada ni nadie lograba sacarnos, tampoco nos harán falta grandes cantidades de agua corriente filtrada, ni químicos, ni charolas, ni sus románticas luces naranja. El nuevo laboratorio digital cabe en el programa de una computadora. A diferencia del otro proceso, éste se puede interrumpir en cualquier momento... la computadora espera. También, irse a dormir cuando se tiene sueño, sin necesidad de aguardar a que “se laven las copias”... y además... después hay que colgarlas...



Las ventajas son muchas, sobre todo en la exactitud de la repetición (en el antiguo sistema por profesional que se fuera, el estado de animo del impresor se traducía de alguna extraña manera en las copias). Ahora, la tarea fotográfica ha cambiado fundamentalmente. La fotografía digital parece un juego si la comparamos con las inseguridades y tensiones concomitantes al sistema analógico. Antes, ningún fotógrafo en su sano juicio podía decir que había tomado buenas fotos hasta no revelar. Nunca podía uno quedarse tranquilo después de las tomas, ni saber si el trabajo “estaba cubierto” pese a la cantidad de tomas que se hubieran realizado, ya que un rollo podía salir mal y tres también. Hoy es posible ver en la cámara cada imagen lograda. Ahora, el café después de un trabajo sabe a satisfecha calma y ya no es el caldo de dudas que era antes. Si a estas ventajas evidentes, le sumamos el hecho de que las empresas “lideres en el ramo” siempre han hecho lo que les ha venido en gana, o lo que han logrado imponer en sus particulares competencias, nos permiten asegurar la imposición del sistema digital en corto tiempo. Y todo esto desemboca en una premisa: Así como antes era necesario dominar las técnicas de impresión, el antiguo cuarto oscuro, si se querían obtener resultados de algún valor, no mañana, hoy, es necesario dominar el laboratorio digital.





Todos los fotógrafos de alguna manera somos conservadores, es la secuela lógica de querer “detener el tiempo”, pero sin duda, algunos lo son en demasía. Los que consideran que la imagen digital es sólo una moda o creen que tardará años en imponerse y no se aboquen ya a dominar los programas de edición y corrección de imágenes, se encontrarán de manos atadas en un futuro muy cercano. Dado que estos programas son sumamente sofisticados, su “lógica interna” es “computacional” y por ende totalmente diferente a los procedimientos fotográficos tradicionales. Hacer el “traslado mental” de un sistema a otro requiere tiempo, una parte de lo que se sabe es trasladable, otra, deberá guardarse en algún cajón mental, como archivo. Y una parte importante DEBERA APRENDERSE NUEVAMENTE. Y aquí, al igual que en el antiguo laboratorio, no alcanzarán algunos “tips” que nos pase un amigo: será necesario un estudio sistematizado.