Semblanza de Héctor Montes de Oca

Texto: Javier Hernández Alpízar



"Admiramos a los magníficos cuadros y los panoramas espléndidos; y, sin embargo, lo que más bien es realmente digno de admiración es ese espíritu que, dentro de nosotros, sabe recoger y aunar para su delicia todos esos detalles desperdigados, y que hace de determinados colores, de determinada distribución de graduadas luces y sombras ese inteligible todo al que llamamos un cuadro o un panorama".
Robert Luis Stevenson (Virginibus Purisque)


a) Humildad
Hay una cierta ventaja en conocer antes al hacedor de una obra que la obra. Cuando nos enfrentamos a una producción de alta calidad, podemos incurrir en el prejuicio de que su autor, en el remoto caso de verlo físicamente, no nos dirigirá siquiera la palabra, o nos saludará con sociable frialdad y nada más.

Gracias a mi ignorancia en lo que al mundo de la fotografía profesional contemporánea en México se refiere, y a los buenos oficios de sociabilidad del fotógrafo Miguel Ángel Quijada, pude conocer a Héctor Montes de Oca y a sus fotos. Lo conocí antes sus análisis informales, de películas como Belleza Americana, Gladiador o Amores Perros, y, al paso de la conversación, su referencia a la época en que trabajó con Etore Scola. Nada menos. O con Nacho López. Nada más.

Luego pude ver ya sus fotos, en algunos libros, un calendario del IVEC, varias revista Fotozoom o un programa de vídeo que le fue grabado en TV por mi amigo el fotógrafo Gabriel Morales Huerta, es una entrevista con Adrián Mendieta, fotógrafo e Investigador del Instituto de Artes Plásticas de la UV.

Platicando con Héctor Montes de Oca, en reuniones auspiciadas por Quijada, y viendo, en casa de Gabriel Morales, la entrevista videograbada, anoté un caso más a mi argumento inductivo: Los verdaderamente buenos en una área de la creación suelen ser gente sencilla, que te trata como a su igual. Cuando alguien que se siente artista te mira de arriba como desde una excelsa majestad, lo más probable es que tendrá una obra mediocre. No puedo proclamarlo axioma porque unas pocas excepciones me lo impiden.

Sin embargo, con Montes de Oca es así. Si uno no sabe quién es, lo oye hablar de cine como un conocedor, y no se imagina uno que platica con el asesor para América Latina de la Kodak, en su área favorita: la fotografía en blanco y negro, y sea así o en color, con, quizá (concedamos la cortesía del quizá) el mejor paisajista de la foto en México.

La humildad, única prueba verdadera de la inteligencia, Héctor Montes de Oca dice haberla aprendido de Etore Scola, en la película Pasión de amor. Antes, confiesa el fotógrafo, entrevistado por su colega Adrián Mendieta, creía que todo lo que hacía estaba bien. Con Etore Scola aprendió que sólo se sabe que una película ha quedado bien editada cuando no se nota la edición. Perfeccionismo de quien confía en el trabajo y no en la presunta genialidad personal.

Agrega, en la entrevista referida, "todo estaba hecho en fotografía, ya había poco por hacer. Esto es demoledor al comprenderlo." ¿Cuántos escritores nos atormentan con sus fallidos afanes por no comprender esto? ¿Cuántos artistas no crecen por no tener la humildad de Etore Scola o de Montes de Oca?

Quitado ya el prejuicio narcisista de la presunta propia genialidad, queda el trabajo apasionado, entregado, el perfeccionismo obsesivo e insatisfecho. Dice Ernesto Sabato que sin fanatismo nadie puede ser escritor. Lo mismo para todo: pintura, danza, grabado, foto... la fórmula es trabajar todos los días, y cuando no se trabaja con las herramientas del taller o el laboratorio, estar trabajando en cabeza, conscientemente o no, estar escribiendo, dibujando, haciendo foto.

Y lo que Montes de Oca declara hacer, también aquí se ve la humildad, es impactar la sensibilidad del espectador (el quinto elemento, después de los cuatro de los presocráticos) mediante los sentimientos y emociones que quiere provocar con las fotos de paisajes, del carnaval de Venecia o de los tesoros artísticos de la iglesia católica. Sentimientos como la nostalgia, dice Montes de Oca, por lo efímera que es la vida personal, y la humanidad, en este planeta."

Sin embargo, en las fotos del ganador de la Diosa de la luz 1999 hay más que sólo sentimientos y sensibilidad, hay humildad e inteligencia, trabajo técnico y arduo, pacientemente macerado en años de estudio de la foto, el cine, la arquitectura. Años de sensibilización oyendo música en su cuarto acústico construido ex profeso. Y de encierros monástico o de alquimista, hasta perder la pigmentación sana de la piel, en el cuarto oscuro. Para dominar la luz hay que trabajar en las tinieblas.

Tiene razón Montes de Oca, ya todo está hecho. Y a pesar de ello tenemos que trabajar como si no estuviera todo hecho, amasando los otros cuatro elementos en el interior de este pero¡ ardiente de sensibilidad, ese espíritu que, Robert Louis Stevenson lo dice, es el admirable. El que recoge y auna los detalles desperdigados y hace con determinados colores y gradaciones de luces y sombras ese cuadro o panorama: paisaje en que el espíritu se autorretrata.

Precisamente por eso la humildad, uno no hace todo, el espíritu es el que trabaja en su paciente obra. Por eso sabemos, con Blake, que: La eternidad está enamorada de las obras del tiempo.



b) Calidad
Hace poco, tuvimos la oportunidad de platicar con Byron Brauchli, en la inauguración con la que culminaron un diplomado con el tema Paisaje y modernidad. Le preguntamos al fotógrafo y docente por el tema de su curso y nos explicó que mientras que en los Estados Unidos o Europa hay una tradición sólida de foto de paisaje, en México esta tradición es casi inexistente. Nos hizo recordar un pequeño ensayo de Vicente Quirarte sobre el paisaje como tema de la poesía en México.

Dice el poeta y crítico que mientras en España hay ya una tradición que ha prestigiado el paisaje hasta convertirlo en un tema legítimo de la poesía que a nadie se le ocurriría cuestionar, en México eso no ocurre. ¿Por qué los poetas y fotógrafos mexicanos no toman el paisaje como tema? ¿Qué se necesita para hacer del paisaje algo más que un tema pintoresco y predecible, chauvinista y estereotipado?

Cada cual tiene su propio método. Byron Brauchli y sus compañeros de diplomado usaron una técnica decimonónica de impresión, paladio- platino, para mirar el paisaje: ironía de modernidad y tradición que se muerden recíprocamente las orlas del vestido.

El método de Héctor Montes de Oca tiene que ver con su propósito de usar la foto de paisaje para vehicular sentimientos. Al menos es la explicación del fotógrafo.

Sin embargo, el método que los creadores atribuyen a su trabajo no suele coincidir con el realmente seguido en todos sus vericuetos. O lo racionalizan de más al darle una explicación académica, o bien lo hacen más lírico de lo que en verdad es.

Creemos que el del paisajista es de los últimos casos que distinguimos: Es un fotógrafo que desde que va a tomar una placa está pensando ya en detalles tan precisos como el papel en que hará la impresión, un experto en cuestiones técnicas de su oficio que asesora la Kodak en la foto en blanco y negro, cuyo cuidado no se aprecia sólo en su prestigio, sino en el producto concreto: Sus fotos, con gradaciones del negro al blanco donde la marialuisa y el blanco del cielo se traslapan y confunden como el cielo y el mar en los boleros, la lírica está mediada en su obra por una alquimia cuidadosa: El amor por la materia.

Por eso, quizá, la referencia a los cuatro elementos de Empédocles, tierra, aire, fuego y agua. Elementos en su concreción natural, evidenciada en el lapsus de la entrevista en que Montes de Oca dice a Adrián Mendieta: "mar" u "océano" por "agua", y debió agregar "viento", "rayo", "montaña". Lógicamente, para un paisajista existen los elementos así: en su concreción fenoménica de nube, árbol, piedra, cascada.

Los sentimientos, amor y odio, filias y fobias, composición y descomposición, en grumos de luz y sombra, en esas criaturas del laboratorio fotográfico, manchas de luz dispuestas sobre el negro fondo, calidades de negro sobre negro logradas con pericia química, los sentimientos no se presentan jamás en abstracto, tal como las lágrimas no son sal y agua sino dolor y alegría, amor y desamor, tristeza, miedo o euforia.

De ahí que el paisaje, para el fotógrafo, el pintor o el poeta no sea mera presencia de masas de agua y tierra, sino hombre y hembra cósmicos, espíritu que aletea sobre las aguas, abismo que se vuelve ternura en las texturas vegetales o las dunas y el sol que ríe en la fronda de un árbol.

Mas la calidad no está sólo en las manos, no es sólo virtuosismo, habilidad o ciencia, aunque los necesita y usa. La calidad está en la mirada. Un hombre que no es capaz de ver en un paisaje más que aridez, cansancio, incomodidad, es incapaz de leer en el silencio lo que su espíritu dice.

En este aspecto, Montes de Oca se parece al personaje de Belleza Americana que con su cámara de video fotografía la belleza en una hoja de papel que el viento acaricia, arrulla, pasea y hace bailar.

Dice el joven de la cámara que a veces la belleza está presente de una manera tan brutal, que es casi insoportable.

Seguramente los fotógrafos, videoastas, artistas plásticos y escritores asaltados por esa belleza del paisaje, tienen la imperiosa necesidad de comunicar y compartir esa belleza, porque no pueden ellos solos con la epifanía.

Otra vez, la calidad no es mera cualidad del genio. El espíritu se las arreglará siempre, de alguna manera, para ponerse en acto en una mirada.



c) Contra el analfabetismo visual
En la multicitada entrevista con Adrián Mendieta, Héctor Montes de Oca habla de un proyecto suyo acerca del desnudo como paisaje. Leer, por decirlo de algún modo, las resonancias cósmicas en el cuerpo humano. Es sabido que los hombres hallamos en el cuerpo femenino correspondencias armónicas con cielos, mares, lunas, montañas, valles, lagos, cráteres, follaje, maleza, sabana, flores, y hasta alguna fantástica fauna... Y sabrá Dios qué puede percibir la mirada femenina en el cuerpo masculino.

Los fotógrafos, como los artistas plásticos, los coreógrafos o los escritores, enseñan al espectador, al lector, a ver el mundo en otra perspectiva, a leer entre líneas, a ver lo que cotidianamente no atendemos.

Al margen de una labor académica y docente, que Montes de Oca, según sé, está desempeñando, hace falta una más amplia difusión de la obra de la gente que hace las cosas como él.
Basta ver al azar revistas, páginas de Internet, videos, programas de televisión o películas hechos en México para percatarse de que vivimos en el analfabetismo visual.

Revistas diseñadas de modo que parecen la carta del menú de un restaurante o cafetería; desprecio por los textos, reducidos a mera mancha tipográfica, usados para llenar el espacio que dejan los gráficos o, como dice José Homero, para que las fotografías no se vean tan desoladas; diseños visuales que se ven impresionantes en la pantalla de la computadora, pero que, impresos con horrorosos colores en papel barato, cortan el aliento; suplementos culturales donde enciman un texto a la gráfica de un artista plástico, como para hacer que escritor y grabador o poeta y fotógrafo se odien mutuamente, y simultáneamente, odien al unísono al diseñador, o presunto diseñador gráfico.

Libros, revistas y carteles cuyos mensajes se pierden en la estridencia de colores, el abuso de las tipografías y el efectismo.

En tal pobreza de cultura visual, en la que jóvenes cuya mayor ambición en la vida es ser publicistas y sus más caros referentes son los carteles publicitarios o las revistas de moda, la fotografía, la ilustración, incluso la escritura se están contaminando de chabacanería, de mal gusto, de kitsch.

Sólo con la difusión de trabajos como los de Montes de Oca, pero en buenas impresiones, como las de Fotozoom, y no en impresiones terribles como las de ciertas revistas y calendarios xalapeños, pueden contrarrestarse tales carencias. Que los jóvenes vean la sobriedad del trabajo en blanco y negro donde se cuidan texturas, matices y planos, o el trabajo de colorear fotos para dar una impresión exacta de lo que quiere comunicarse.

Que dejen de creer en el azar, en el error feliz, en la inspiración por la inspiración misma, en la presunta genialidad que no necesita de aprendizaje, de "cultura libresca" porque puede crear "de la nada".

Cuando todavía no nos alzamos por encima de la barrera del analfabetismo, ya nos acosan los otros analfabetismos: el uso de las máquinas computadoras, las lenguas extranjeras y las otras lenguas mexicanos, la falta de cultura musical y, más los que me falten, el analfabetismo visual.

Es lugar común, ciego, sordo y mudo, que una imagen dice más que mil palabras, pero no todo lo que se ve, ni siquiera todo lo que se ve "bien" o se ve "bonito" es una imagen.